Mar 13 2010

Bodegas y Pagos Matarredonda

La bodega culmina y vigila el viñedo de MatarredondaThe wine is feeling (el es sentimiento), me dijo una vez, mientras tomábamos una copa, un amigo americano; sobre sus palabras yo apostillé: “pero nunca olvides, que los bodegueros deben subsistir, deben vender para seguir elaborando; es decir no olvidemos la parte más prosaica de este mundo, la parte comercial, el aporte del capital”. Juntando las dos componentes llegamos a concebir el como un mundo de apasionados que deciden que este sea su modo de vida.
Alfonso Sanz llegó al mundo del llevado por el capital de sus empresas del sector químico; pero no lo hizo como una inversión más, sino porque sentía una atracción fatal hacia el mundo enológico, le movía un impulso apasionado, lo que le hizo buscar, junto a su socio en esta alocada aventura, viñedos que aportaran singularidad a sus vinos. Recorrió varias comarcas castellano-leonesas hasta que descubrió, en la población de Pego, en la DO Toro, viñedos viejos, que rondaban los setenta años, enfermos, muy necesitados, pero a la vez llenos de encanto y atracción. Con ellos, y con otros de los alrededores dé similar longevidad, y muy parecido estado, comenzó.
Para sacarlos adelante y regenerarlos, buscó en la zona la experiencia de alguien que llevara años trabajando en el campo, alguien que compartiera ese entusiasmo por el , por el viñedo y por ese tipo de retos que no sabes donde te llevarán. Y se encontró con Rosa Zarza, ingeniera agrónoma, que llevaba años trabajando con los viticultores zamoranos. Entre los dos empezaron la fase de cura y recuperación; mimo y cariño, más técnicas de saneamiento y cura, hicieron que tres años después, empezaran a volver a dar frutos las viñas.

Juan Rojo y Libranza; los vinos de Bodegas Matarredonda2001 fue la primera cosecha vinificada de Bodegas Y Pagos Matarredonda. En total 20000 botellas de Libranza. Con los años, los tres pagos de Matarredonda, Salgadero, Matarredonda y Matalobas están produciendo entre sesenta y ochenta mil botellas, repartidas bajo dos nombres, dos presentaciones, Juan Rojo, ocho meses de barrica más doce de botella nos presentan un pleno de fruta y frescura; y Libranza,  el hermano mayor, la máxima expresión de los viñedos de Pego; veinte mil botellas de un que, pese a la larga crianza, se sigue mostrando jovial y muy frutal, alimentado por un paso untuoso y sedoso en boca, demostrando que en Toro no todos los vinos tienen que ser aguerridos y plenos de potencia.

En Bodegas Matarredonda, tanto Alfonso Sanz como Rosa Zarza, tuvieron clara su filosofía de vida, desde sus inicios: hacer un de calidad, aterciopelado, puro gozo en el paladar. Así es Libranza, un que después de hacer la fermentación alcohólica en los depósitos de inox, pasan a un invernadero de para hacer la . , que en cosechas excepcionales se destapa como un diamante natural y brillante. Esplendor presente en la cosecha 2006, fruto tan perfecto en su maduración, que aguantó 28 meses de crianza más su etapa reductiva en botella. Con semejante credenciales, nunca imaginé que, la fruta emergiese de la botella,cual mago encantado, al extraer el corcho; intensa emoción que se vio engrandecida cuando pasamos a disfrutarlo en la copa: su tremenda carga frutal, su presencia inquebrantable de frutos negros, sutilmente acompasado con tonos toffees, y una marcada y atractiva presencia de aromas especiados, acompañados de pinceladas balsámicas, recuerdos que te trasportan a esas tardes de paseo entre la arboleda de pinares, hacen que este se convierta en sensaciones que quedan grabadas, perennes, en el corazón.
Espacio social de la bodegaEste Libranza 2006, Selección Especial o como termine llamándose, es sublime; más aún si se disfruta en la zona social que Matarrendonda ha construido en su ; un coqueto salón y sala de catas dominado por un amplio ventanal que te hace gozar de una panorámica excepcional, donde el viñedo que rodea la (situada en la carretera de Valdefinjas) te va llevando, te va dirigiendo la mirada hacia los cortados de Toro, que domina el fondo de nuestra ilustración; y sobre los cortados la silueta de la Colegiata. Inspiración, o como diría mi amigo yankee, feeling (sentimiento); porque pequeños detalles, profundas excitaciones que se alojan en el corazón, hacen que nos vayamos enamorando de un . Y yo he sucumbido ante Libranza, y por supuesto, de esa colosal añada, ese futurible “selección especial” 2006.

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Feb 28 2010

Paseando por los viñedos de San Martín

La convivencia del viñedo de BernabelevaComentaban los libros de Cervantes que los vinos de San Martín de Valdeiglesias eran reconocidos y muy admirados en la corte real de Madrid (¡que se lo digan a los cortesanos de Felipe IV!). Pero como no siempre sopla el viento a favor, y a tiempos de bonanza le suceden otros de penurias y calamidades (¡¡¡no hay nada más que ver y sufrir la que está cayendo en este Santo país!!!!), los viñedos de esta población madrileña, asentada en las estribaciones de la Sierra de Gredos, en el Sudoeste de la comunidad, empezaron a perderse, a dejarse de trabajar, a ser abandonados a sus suerte.

Hoy empiezan a ser recuperados; un pequeño grupo de locos, de entusiastas (o de iluminados, adelantados o visionarios, ¡vaya usted a saber cómo podríamos catalogarlos!) han empezado a recuperar las viejas cepas que han ido encontrando, en pequeñas parcelas, que en la mayoría de los casos no llegan a la hectárea.
La gran atracción de la zona está en el paisaje, en el terruño, en las empinadas laderas sobre las que encontramos viejas garnachas y vetustas plantaciones de albillo; ¡si, si, albillo!, una uva que durante mucho tiempo se ha usado más para uva de mesa que para vinificar, pero que enólogos como Fernando García, de Bodegas Marañones, o , de Bernaveleva, han empezado a trabajar, en grandes tinos de madera, obteniendo unos resultados sorprendentes.

Viñedo de albillo; San Martín al fondoCon ellos tuve el placer de descubrir sus viñedos y sus vinos, sus retoños, pequeñas criaturas que ahora mismo están empezando a dar sus primeros pasos; descansan, fermentan, hacen su maloláctica en las barricas, después de una vendimia difícil, la de este 2009, cosecha particular, complicada, año muy cálido, pluviometría muy escasa, que empieza a dar resultados muy peculiares, como pude comprobar catando las diversas crianzas de las diversas fincas, tanto de Bernaveleva como de .

Los suelos donde intentan agarrarse los albillos de Marañones son superficies con poca materia orgánica, de composición granítica degradada, llena de esquistos. Pasear entre las recien podadas viñas, sintiendo el frio matinal, 2 o 3 grados máximo, con un sol que intenta poner una nota de calor pero que apenas lo consigue, te hace sentir sensaciones tan vinícolas como el estrés térmico que la viña debe soportar, unido al hidrológico, para poder conseguir un gran fruto, escaso en cantidad (apenas un racimo o dos por planta), pero con un carga expresiva, aromática y gustativa impresionante. Garnacha en Peña CaballeraAlbillos de más de 60 años de supervivencia, unos  viñedos que ahora están descubriendo el mimo, el cariño de la cultura biodinámica. Y a su lado, compartiendo vereda, accediendo a un terreno de superior altura (hablamos de unos 850 metros sobre el nivel del mar), garnachas de parecida longevidad, integradas entre almendros y algunos cerezos. Terruño conocido como Peña Caballera, donde las formaciones pétreas dan el relevo a la caliza. Una finca que apenas produce 1200 botellas; similar número podremos encontrar del otro vino de finca de , Labros, con diferente orientación, ya que su vista la inclina en cierta medida hacia al oeste, mientras que Finca Caballera mira de frente, sin perder la mirada, hacia el Norte. La consecuencia: Labros muestras sensibilidades más mediterráneas, algo más goloso, atenuando la percepción mineral, debido también, a la diferente ubicación de la finca madre de etas uvas, ya que está se encuentra en La Dehesa de San Martín, sin duda un lugar más húmedo y de suelos más ricos en nutrientes.

Cercanas a las viñas de nos encontramos las de Bernabeleva. El acceso, para ir en coche, es igualmente complicado; si no fuera por el frio que golpea nuestras mejillas, mi recomendación es descubrir los intrincados viñedos a pie (aunque una buena opción enoturística es hacerlo en mountain bike), disfrutando del entorno, del paisaje, de la majestuosa panorámica que ofrece el , con su monasterio “privado”, que domina y protege las 30 hectáreas de viñedos viejos que posee Bernabeleva. Terruños como el del “Camino del Rey”, 75 años luchando para sobrevivir, compartiendo los escasos víveres que encuentra en el subsuelo con robles y con enebros; o como “Viña bonita” donde el suelo, de granito más compacto, nos da pistas del origen de esta finca, ganada, a golpe de riñón y de azada, al monte en los años 20.
El viñedo de Viña Bonita, de BernabelevaSensaciones impregnadas en los vinos que pudimos catar directamente de las barricas; un recorrido sensitivo en horizontal que nos vuelve a hacer viajar por esos paisajes que minutos antes pudimos descubrir físicamente: las garnachas de Arroyo Tórtolas o Viña Bonita, los albillos fermentados en fudres de 2500 litros, glicéricos, estructurados, complejos y pasionales.
Vinos muy expresivos, frescos, singulares, característicos de la tierra que los vio nacer, del suelo que les dio de comer, y de la climatología que le agitó y le hizo palpitar cada amanecer.

Bodegas Marañones, Bernabeleva, dos proyectos, dos pasiones, surgidas en San Martín de Valdeiglesias, que nos enseñan que “otro vino es posible”, que el paso fresco, profundo, mineral es creíble a escasos treinta minutos de la capital del Reino. Un espacio natural donde las primeras muestras escarpadas de las montañas de Gredos se dejan aromatizar por enebros, olivos, viñedos o romeros, sensuales panorámicas  que invitan a gozar, a disfrutar del vino en perfecta comunión con el terreno.

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Feb 12 2010

Trodos Quattro

Publicado por Julie Donovan en la categoría Descúbrenos tu Vino

Atractiva imagen de la caja de Trodos IV

Los vinos que más me han llegado a emocionar son aquellos que te descubren por casualidad, aquellos que te presentan en tus momentos de ocio, fuera de las catas oficiales, de las muestras que te envían para que manifiestes tu opinión o hagas una valoración profesional. Reconozco que no es fácil sorprenderme, pero adoro que lo sigan intentando, que me pongan una botella en la mesa, cuando me invitan a comer o a cenar, y me pregunten: <<¿lo conoces, lo has probado alguna vez?>> Si encima ese vino llega conectar con la parte más íntima de mí, si llega a provocarme sensaciones apasionadas llenas de agitación, entonces me descubro ante esa botella.

Este tipo de emociones son las que sentí el sábado pasado, cuando unos buenos amigos me invitaron a cenar; hay que reconocer que los platos ayudan, mucho, a un buen vino (un buen vino, complementando una buena cocina, sin florituras, pero llena de entusiasmo y buen hacer, es el sueño dorado).
En un momento dado me presentaron un vino de Rioja; precioso envoltorio, signo significativo de cuidar el detalle, de querer mimar su interior. Reconozco que no tenía referencias de él: Trodos IV Vendimia Seleccionada 2004. Por indagar y resaltar algunos detalles más, señalar que es 100% Tempranillo, y que la botella (también muy cuidada su imagen, su estilo, mostrando distinción) lleva colgada una medalla de plata del Concurso Mundial de Bruselas de 2007. Ya sé que eso tampoco es la panacea, pero he de destacar el concurso de Bruselas como uno de los más serios e interesantes del mundo enológico (sin menospreciar otros grandes premios que hay por la geografía mundial). Alabada la elección, y reconociendo mi total desconocimiento de este vino, originario de la localidad de , en La Rioja, su frescura y su frutosidad, me resultan francamente atractivos. Estamos hablando de un 2004; estamos a febrero de 2010, y en la copa hay un Rioja.
Botella de Trodos IV apoyada sobre su cajaEl ribete ya se mostraba juvenil, como si poseyera ese preciado secreto de la eterna juventud, pero sus aromas resultan todavía más gratificantes, y seductores. Una maligna sensación empieza a adquirir presencia en mi mente: <<seguro que se cae en boca, algún fallo ha de tener, porque no he oído hablar de este vino>>. Así que tras dejarme envolver un poco más por sus notas balsámicas, por su sutileza en los tonos especiados, decido sentirlo en la boca. De pronto descubro como la seda, la elegancia y la suavidad van caminando sobre mi paladar, como su paso gentil y desenvuelto llenan la boca y aporta un aterciopelado calor cuando llega a mi faringe.
De tanino redondo y cremoso, es tan agradable la sensación vínica que acompaña la diversidad de propuestas culinarias que sobre la mesa se me ofrecía,  que mi impresión sobre Trodos IV la tenga que tildar de Sensacional. Estoy hablando de un vino que no llega a los 20 € (por lo que pude averiguar al día siguiente) y que despertó, en mí, agradables sensaciones, inesperadas emociones, lo que me hizo disfrutar aún más de la velada.

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Feb 01 2010

Cenando durante el Gastrofestival

Publicado por Orlando Lumbreras en la categoría Experiencias enogastronómicas

El olivo que preside el salón de El Chaflán

Terminado el primer evento gastronómico del año, Madrid Fusión (en “Paisajes y Sabores”, , RNE, le han dedicado tres monográficos, donde han tenido invitados a los mejores cocineros que han pasado por Madrid; los enlaces al final del post), con sus luces y sus sombras, hoy me apetece comentar mi experiencia en el Gastrofestival, la parte más ciudadana y popular del evento culinario. Creado para sacar la cocina a la calle, durante una semana, los mejores fogones de la capital ofrecieron sus menús a precios cotidianos (entre 25 y 40 €), lo que propició que muchos de nosotros pudiéramos conocer alguno de los lugares que tenemos apuntados en nuestra agenda para descubrir su cocina.

En mi caso, decidimos (la idea surgió en nuestro grupo de cata, Baco Vive), ir a cenar a de Juan Pablo Felipe. Manejamos varias alternativas (otro bien situado era Dassa Bassa de Darío Barrio), pero el día elegido, lunes, y el horario, cena, iba reduciendo el número de locales a los que poder asistir. En mi caso concreto (cada uno tendría sus inquietudes) quería ir a para intentar sacar alguna conclusión al hecho de que hayan perdido la Estrella Michelín este año.
De decoración sencilla, pero efectista, y algo corto de luz en las mesas, lo que provoca cierta dificultad para disfrutar los platos de manera visual, me llamó la atención la frialdad con la que nos recibieron, teniendo en cuenta que éramos un grupo de 14. No soy muy partidario del trato empalagoso, pero la sala, la relación con el comensal, con el cliente, por parte del personal del restaurante, es muy importante, y crear un ambiente de calidez, de complicidad aporta muchos puntos a ese local, porque, al final, cuando vamos a un restaurante a cenar, nuestra vivencia va más allá del simple hecho de degustar unos buenos platos; queremos vivir una experiencia, disfrutar un momento, sentir emociones en torno a la cocina. Y en ese sentido no me pareció que el trato fuese el más idóneo; correcto y poco más.
Por no hablar del servicio del ; no reclamo que me atienda el sumiller, porque doy por supuesto que todos los miembros de la sala tienen un conocimiento mínimo. Pero lo que me encontré fue un servicio deficiente, y la bodega, o tuvimos la mala suerte de querer tomar los vinos que menos existencias tenían, o no entiendo cómo, de todo lo que solicitamos, no quedaban más de tres botellas. Aún así, fuimos capeando la noche, pidiendo aquellos vinos que pudieran soportar nuestros bolsillos, ya que el recargo que tenía la carta era importante (nunca entenderé que se multiplique por cinco o seis el precio del , desde que llega al restaurante hasta que sale a la mesa; ¡flaco favor le hacemos, con esa política, al mundo e la enología!). Y tampoco puedo compartir esa estrategia de llenar, insistentemente, el vaso de agua, para consumir botellas; ¡si somos vinícolas, por favor!

MEsas en El ChaflánVisto el tema del servicio (alguna compañera habló de mejorable), con la cocina, tampoco quedé muy satisfecho. No quiero entrar a hacer una crítica gastronómica, porque siempre he pensado que, para poder hablar con profundidad, hay que tener una mínima formación en cocina; pero sí que estoy en mi total derecho de poder expresar lo que me gusta y lo que no, y como me gustan las cosas. De entrada, el “bocatín de torta del Casar, con aceite de trufa”, estaba magnífico. Pero claro, que la estrella de la noche sea un pequeño bocado, donde el pan juega un papel importante, es significativo.
Siguiendo con el menú, pronto llegó la “Crema de boletus, con gelatina de manzana y praliné de piñones”, interesante, con un juego entre el punto salado y las sensaciones golosas muy atractivas. No se desarrollaba mal la noche, pese a tener, casi, que interrogar al personal para que nos presentaran el plato, cuando es algo que tendrían que hacer con iluminada sonrisa. Pero de pronto vinieron las alcachofas; venían acompañadas de una crema de nueces de macadamia y aceite de vainilla, pero ni con pareja de baile pudieron salir airosas. Demasiado amargas, cada una expresando unos sabores, unos tonos, que no eran nada agradables. Algo toscas, creo que las alcachofas tienen que ser finas y suaves, con su potente boca mejor integrada en el conjunto para que resulten atractivas. Y estas no lo eran.
Después pudimos degustar un arroz con bogavante. Simplemente correcto. Se supone que era el plato estrella, pero no superó el simple aprobado. Presentación muy simple, y un arroz que pienso, no se coció correctamente, sintiendo, en boca, que no estaba totalmente cocido en su interior (un error que todos podemos tener, pero que no es admisible en un restaurante de clase). Cerramos la noche con un “Pollo de corral en pepitoria”; una revisitación a esta tradicional salsa, donde la pepitoria se prepara en royal y se tritura para hacer la base. Interesante propuesta, pero si dejar de llegar a la sorpresa intensa.
Menos mal que los postres volvieron a subir el tono de la noche; y siempre, dejar un final goloso, dulce, y satisfactorio, te hace irte con otro ánimo.
Mi conclusión es que el hecho de ir a cenar a a través de la oportunidad del Gastrofestival, nos confirió (y es una apreciación personal) una categoría de clientes de segunda. Y eso es algo que me disgusta; todo cliente, una vez atraviese la puerta de tu establecimiento, debe ser atendido con las mismas cortesías, sin mirar la posibilidad de su bolsillo, ni la intención de su cartera.

Ferrán Adriá anuncia el cierre durante dos años de “El Bulli” (Paisajes y sabores)

Una trufa negra por 3.000 euros en “Madrid Fusión” (Paisajes y sabores)

Cierra sus puertas “Madrid Fusion”. (Paisajes y sabores)

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Ene 24 2010

Pinceladas de Tacoronte Acentejo

Publicado por Orlando Lumbreras en la categoría Cuéntanos tus viajes

Barricas centenarias de Bodegas MonjeMe gusta la insinuación; dar pequeñas pinceladas que inviten a descubrir aquellos lugares, aquellos viñedos que un día tuve ocasión de disfrutar. No me gusta extenderme en detalles de mis viajes, porque cada vivencia es personal, y no hay dos personas que vivan de igual manera un paseo entre viñedos, un atardecer entre olivos o una copa de vino.
Mi invitación de hoy quiere mostrar otro punto de Canarias; concretamente Tenerife. Varias son las denominaciones de origen que allí, en un corto espacio de terreno, se saludan cada mañana. Sin duda alguna (y así lo pude constatar cuando estuve en la isla), la de mayor importancia, enológica y por metros cuadrados de superficie, es Tacoronte Acentejo (sin menospreciar a ninguna de las otras, todas ellas dignas de admiración).

En este leve sugerir, os quiero trasmitir el disfrute de un lugar paradisiaco donde dormir, donde alojarse, la obligación de conocer dos de las más fantásticas bodegas de la comarca, y un lugar que no podemos dejar de visitar si queremos comer bien.
Por empezar por la parte más hedonista y placentera, alojarse en el Hotel Rural Costa Salada es dar momentos de lujuria a nuestra mente. Un lugar, situado en un extremo de la Finca Oasis, en la localidad de Valle Guerra, sobre el acantilado, dejando que el batido de las olas acune nuestros sentidos mientras, en la soleada terraza, disfrutamos de un apacible desayuno. Costa Salada es ese tipo de hoteles donde te sientes tan mimado, que desearías parar el tiempo y disfrutar de los instantes como si estos fueran eternos. Un lugar silencioso (el mar y su oleaje aportan el ritmo sonoro), plácido y de pocas y amplias estancias. Ideal.

Hotel Rural Costa SaladaCon una sensación de calma interior, y de reciente vitalidad, propongo recorrer los escasos kilómetros desde Costa Salada hasta Bodegas El Lomo. El camino, hasta llegar a la bodega, te hace descubrir cómo es esta comarca; un terreno que se precipita sobre el mar, repleto de pendientes y cambios de nivel, donde las viñas se pelean por encontrar un espacio y un sustento alimenticio. Parcelas de un tamaño micro y un precio maxi. Es difícil encontrar otro punto de la geografía vitivinícola mundial, a no ser que hablemos  de viñedos archiconocidos que no es necesario nombrar, donde el metro cuadrado de plantación tenga un precio tan elevado (llegamos a oír precios de 30000 € por hectárea).
En las puertas de Bodegas El Lomo te recibirán la alegría y el entusiasmo (esenciales a la hora de conocer y disfrutar de una bodega). Sus responsables  hacen de la bodega un espacio aún más acogedor. Bodega funcional, rodeada de viñedo donde poder conocer como se trabaja en Tenerife, su disposición sobre el desnivel, para trabajar en gravedad, es realmente interesante. Mi recomendación: no sólo descubrir y catar cada uno de sus vinos, los blancos, frutales y refrescantes, y los tintos, donde el listán negro criado en barrica es francamente atractivo, sino investigar y escuchar  a sus responsables, pasear entes depósitos, subir por las escaleras metálicas que dan acceso a la parte superior de elaboración… en definitiva, adentrarse, en la enología canaria, pues Bodegas El Lomo te invita a ello, permitiéndote que goces de la bodega. Y luego, claro está, pasar al salón de carta, para descubrir sus vinos; o hacerlo en la zona de recepción de uva, donde, fuera de vendimia, las bocas que acaparan la uva y la mandan hacia los depósitos están cerradas, y la benevolencia del clima canario permite poder hacer una cata al aire libre durante cualquier época del año.

Vista exterior de Bodega El LomoCerca de El Lomo, en la misma localidad de Tegueste, se encuentra el restaurante “Casa Mi Suegra”, una cita ineludible para conocer la cocina canaria. ¡Qué importante es que al frente de magníficos sitios haya grandes corazones!. Y dirigiendo este afamado local de comidas se encuentra Bárbara, una mujer todo candor, vitalidad, y entrega, una mujer que derrocha simpatía por cada uno de los poros de su piel. Con unas vistas magníficas hacia esos viñedos de la localidad de Tegueste, pequeños minifundios atravesados por caminos y veredas, en su mesa se combina tradición y creatividad, pudiendo degustar carne de cabra, (queso blanco rebozado en gofio, frito, con miel y almendras) y algunos de los mejores pescados de la isla, pescados como el cherne, sin olvidarnos de un bacalao encebollado preparado con mucho cariño, algo que se trasmite en el plato, y se disfruta en el paladar.

Otra interesante propuesta es disfrutar de la cocina de Dolores, instalada en la propia Bodegas Monje. Un espacio maravilloso donde la cocina canaria es la protagonista; una cocina de elaboración artesanal, con un horno de leña fantástico donde recrearse con platos como el “cochino canario asado”.
Dolores es la mujer de Felipe Monje, y entre los dos han levantado, con mucho sudor, no solo este espacio gastronómico, sino toda una bodega impresionante. Digo levantado, y a lo mejor debería decir excavado, porque profundiza en el suelo, varias decenas de metros. Debajo de la bodega familiar, donde encontramos un espacio de , con varios siglos de historia, realmente fantástico, han ido creando todo un hábitat refrescante donde los nuevos vinos fermentan primero y descansan después, sin alteraciones ni perturbaciones. Una bodega entregada a la cultura del vino (es tan amplia la gama de vinos, tan variada y tan fantástica que invito a que conozcáis cada uno de sus vinos, aunque no puedo dejar de hacer una referencia a sus seductor vino dulce tinto) y a todo tipo de manifestaciones culturales. Porque Bodegas Monje es sinónimo de hiperactividad; dinamismo presente en su paredes, con exposiciones permanentes, en sus suelos, con expresiones culturales que van desde el tango y su baile hasta los conciertos musicales, y en sus copas, ya que cada uno de dichos actos siempre están maridados con algunos de sus grandes vinos, y con alguna muestra de la cocina de Dolores. Un bodega para vivir desde el punto cultural, y para sentir desde el apartado arquitectónico, ya que el resultado de años de trabajo excavando y construyendo las nuevas instalaciones han dado como resultado un espacio único, que impresiona cuando vamos descendiendo hasta la parte más profunda. Un bodega con una panorámica paisajística impresionante, dominando la zona de El Sauzal y permitiendo recrearnos con la vista del mar al fondo, tras todo un manto de viñedos.

El mundo del vino, puede, y debe, complementarse con otras propuestas, como puede ser pasear por algunas de las localidades tinerfeñas (yo recomiendo pasear por El Sauzal y dejarse embaucar por Los Lavaderos) o conocer el Centro de Interpretación de Agua García, en Tacoronte, un espacio increíble que muestra la riqueza faunística y vegetal de esta isla, de esta comarca; un sitio donde poder descubrir los bosques de laurisilva y los centenarios viñátigos.
Sugerencias del disfrute; pequeñas muestras del encanto de una comarca apasionante.

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Ene 12 2010

De Méntrida a Valdepusa

Publicado por Julie Donovan en la categoría Cuéntanos tus viajes

Entrada en la cueva de Bodegas Jiménez LandiLos que habitamos en la capital de España nos empeñamos en cargar, sobre nuestras espaldas, centenares de kilómetros para saciar nuestras más íntimas y personales pasiones enológicas; recorrer y conocer bodegas en La Rioja, Penedés o Ribeira Sacra (por poner tres ejemplos) es una delicia, pero muchas veces nos olvidamos de nuestros vecinos; y no me refiero solo a los vinos de Madrid, sino también a otros viñedos cercanos y llenos de encanto.

Así que decidí reparar parte de mi culpa, y, volante en mano, me dirigí por la Nacional V. El asfalto convive, nada más dejar las últimas edificaciones altas, con los primeros viñedos madrileños, que encontramos en Navalcarnero. El primer vino me es ofrecido, pero mi mirada está puesta algunos kilómetros después, en la localidad toledana de Méntrida.
Méntrida, población donde conviven el clima continental y el mediterráneo, resguardada por la Sierra de Gredos y con una pluviometría escasa, esconde, en varias de sus tierras, de sus entrecruzadas parcelas, algunas de las garnachas más antiguas de nuestro país; uvas, muchas de ellas de maduración fresca, sombría, con fuertes variaciones térmicas, que nos seduce con vinos frescos y muy frutales. Así se muestran los vinos de Jiménez Landi, cuyo máximo responsable, Dani, siempre está dispuesto a tirar de pipeta y compartir la cata de cada una de las barricas de sus fincas, de Cantos del Diablo, de El Fin del Mundo, de las diversas garnachas que componen Piélagos (este último elaborado con las uvas de la vecina población de El Real de San Vicente)… Nos encontramos una donde se respira pasión, donde se practica el en algunas de sus tierras, donde se lucha por devolver a la tierra todos los aportes naturales que la tierra da al fruto; en definitiva, respeto a la madre naturaleza, amor por el vino. Vino que brota ente los dedos de los pies de Dani, mientras pisa con mimo las uvas en grandes tinos de madera. Vino que reposará en la cueva de la familia, excavada por anteriores generaciones en el siglo XVII.

Entrada a la Bodega Capilla del FrailePasión que nos abre las puertas de nuestra segunda parada, de nuestro fin de ruta. nació de la motivación, del amor por el campo de Iñigo Valdenebro, un hombre que un buen día decidió convertir un secarral en un prospero olivar y un mimado viñedo. Ese fervor por la tierra te traspasa la piel paseando entre olivos ( y picual), mientras Iñigo te va cortejando el oído con cada uno de los pasos, de las historias que llevaron al olivar a ser lo que hoy es.
Y ese cariño se entremezcla entre la miga de pan blanco que pringas en el aceite, fresco, con un punto de acidez y un ligero amargor final que es pura seducción.
Almazara y ; disfrutar de la vendimia y de la recolección de la aceituna. Ver bullir los depósitos durante la fermentación de la syrah y de la petit verdot, base del sugestivo coupage (yo pude paladear el 2005 y ver como viene la añada siguiente) o vivir el ligero estrujado de la aceituna para dejar manar su líquido más íntimo, ese primer néctar.
Casi cien hectáreas (sólo 14 son de viñedo), dominadas y vigiladas por la casa de campo, residencia familiar y base de una , y de una almazara, abierta para sentir los sentidos, despertar nuestras emociones más campestres, vivir, conversando con sus responsables, la necesidad de alimentar nuestras santas pasiones enológicas.

Después de recorrer los viñedos del Real de San Vicente, donde Bodegas Jiménez Landi tiene algunas de sus viñas más recónditas, de conocer su cueva donde hace la su mejores vinos, de sentir los aromas de los olivos de y ver como sus viñedos buscan sin descanso los cálidos rayos toledanos, siento que mi íntima y personal deuda con estos grandes vinos, con estos magníficos aceites, empieza a ser pagada.

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Dic 30 2009

Dehesa del Carrizal, Vinos de Pago atípicos

Publicado por Mario Canora de Castro en la categoría Cuéntanos tus viajes

vinedookEn 1984  el médico, empresario y gran aficionado a la caza Manuel Gomez Sequeira compra una finca cinegética al NE del Parque Nacional de , en el municipio de Retuerta de Bullaque (Ciudad Real). Tres años después, como prueba, planta las primeras 8 Hectáreas de Cabernet Sauvignon, elaborando su en la bodega de Carlos Falcó, para asegurarse de la calidad de sus uvas antes de realizar nuevas inversiones. El resultado es satisfactorio, y en 1997 se amplía el viñedo con las  variedades Syrah, Merlot y Chardonnay, no siendo la primera añada en su propia bodega hasta 1999. Dicha ampliación se completa con la variedad Tempranillo en el 2000,  llegándose a las 28 Ha de viñedo que actualmente poseen.

Dehesa del Carrizal está acogida a la denominación de Pago’, que establece la Ley de la Viña y el de 2003. En ella se dan una serie de requisitos que se deben cumplir, de los que destaca el que toda la uva proceda de dicho Pago, entendido éste como paraje o sitio rural singular (en cuanto a características de suelo y microclima) con respecto a otros de alrededor, que da vinos de calidad contrastada durante al menos 5 años y con extensión no superior al municipio en el que se ubique. Continuar leyendo »

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