Feb 28 2010
Paseando por los viñedos de San MartÃn
Comentaban los libros de Cervantes que los vinos de San MartÃn de Valdeiglesias eran reconocidos y muy admirados en la corte real de Madrid (¡que se lo digan a los cortesanos de Felipe IV!). Pero como no siempre sopla el viento a favor, y a tiempos de bonanza le suceden otros de penurias y calamidades (¡¡¡no hay nada más que ver y sufrir la que está cayendo en este Santo paÃs!!!!), los viñedos de esta población madrileña, asentada en las estribaciones de la Sierra de Gredos, en el Sudoeste de la comunidad, empezaron a perderse, a dejarse de trabajar, a ser abandonados a sus suerte.
Hoy empiezan a ser recuperados; un pequeño grupo de locos, de entusiastas (o de iluminados, adelantados o visionarios, ¡vaya usted a saber cómo podrÃamos catalogarlos!) han empezado a recuperar las viejas cepas que han ido encontrando, en pequeñas parcelas, que en la mayorÃa de los casos no llegan a la hectárea.
La gran atracción de la zona está en el paisaje, en el terruño, en las empinadas laderas sobre las que encontramos viejas garnachas y vetustas plantaciones de albillo; ¡si, si, albillo!, una uva que durante mucho tiempo se ha usado más para uva de mesa que para vinificar, pero que enólogos como Fernando GarcÃa, de Bodegas Marañones, o Marc Isart, de Bernaveleva, han empezado a trabajar, en grandes tinos de madera, obteniendo unos resultados sorprendentes.
Con ellos tuve el placer de descubrir sus viñedos y sus vinos, sus retoños, pequeñas criaturas que ahora mismo están empezando a dar sus primeros pasos; descansan, fermentan, hacen su maloláctica en las barricas, después de una vendimia difÃcil, la de este 2009, cosecha particular, complicada, año muy cálido, pluviometrÃa muy escasa, que empieza a dar resultados muy peculiares, como pude comprobar catando las diversas crianzas de las diversas fincas, tanto de Bernaveleva como de Bodega Marañones.
Los suelos donde intentan agarrarse los albillos de Bodega Marañones son superficies con poca materia orgánica, de composición granÃtica degradada, llena de esquistos. Pasear entre las recien podadas viñas, sintiendo el frio matinal, 2 o 3 grados máximo, con un sol que intenta poner una nota de calor pero que apenas lo consigue, te hace sentir sensaciones tan vinÃcolas como el estrés térmico que la viña debe soportar, unido al hidrológico, para poder conseguir un gran fruto, escaso en cantidad (apenas un racimo o dos por planta), pero con un carga expresiva, aromática y gustativa impresionante.
Albillos de más de 60 años de supervivencia, unos viñedos que ahora están descubriendo el mimo, el cariño de la cultura biodinámica. Y a su lado, compartiendo vereda, accediendo a un terreno de superior altura (hablamos de unos 850 metros sobre el nivel del mar), garnachas de parecida longevidad, integradas entre almendros y algunos cerezos. Terruño conocido como Peña Caballera, donde las formaciones pétreas dan el relevo a la caliza. Una finca que apenas produce 1200 botellas; similar número podremos encontrar del otro vino garnacha de finca de Bodega Marañones, Labros, con diferente orientación, ya que su vista la inclina en cierta medida hacia al oeste, mientras que Finca Caballera mira de frente, sin perder la mirada, hacia el Norte. La consecuencia: Labros muestras sensibilidades más mediterráneas, algo más goloso, atenuando la percepción mineral, debido también, a la diferente ubicación de la finca madre de etas uvas, ya que está se encuentra en La Dehesa de San MartÃn, sin duda un lugar más húmedo y de suelos más ricos en nutrientes.
Cercanas a las viñas de Bodega Marañones nos encontramos las de Bernabeleva. El acceso, para ir en coche, es igualmente complicado; si no fuera por el frio que golpea nuestras mejillas, mi recomendación es descubrir los intrincados viñedos a pie (aunque una buena opción enoturÃstica es hacerlo en mountain bike), disfrutando del entorno, del paisaje, de la majestuosa panorámica que ofrece el Monte Guisando, con su monasterio “privado”, que domina y protege las 30 hectáreas de viñedos viejos que posee Bernabeleva. Terruños como el del “Camino del Rey”, 75 años luchando para sobrevivir, compartiendo los escasos vÃveres que encuentra en el subsuelo con robles y con enebros; o como “Viña bonita” donde el suelo, de granito más compacto, nos da pistas del origen de esta finca, ganada, a golpe de riñón y de azada, al monte en los años 20.
Sensaciones impregnadas en los vinos que pudimos catar directamente de las barricas; un recorrido sensitivo en horizontal que nos vuelve a hacer viajar por esos paisajes que minutos antes pudimos descubrir fÃsicamente: las garnachas de Arroyo Tórtolas o Viña Bonita, los albillos fermentados en fudres de 2500 litros, glicéricos, estructurados, complejos y pasionales.
Vinos muy expresivos, frescos, singulares, caracterÃsticos de la tierra que los vio nacer, del suelo que les dio de comer, y de la climatologÃa que le agitó y le hizo palpitar cada amanecer.
Bodegas Marañones, Bernabeleva, dos proyectos, dos pasiones, surgidas en San MartÃn de Valdeiglesias, que nos enseñan que “otro vino es posible”, que el paso fresco, profundo, mineral es creÃble a escasos treinta minutos de la capital del Reino. Un espacio natural donde las primeras muestras escarpadas de las montañas de Gredos se dejan aromatizar por enebros, olivos, viñedos o romeros, sensuales panorámicas  que invitan a gozar, a disfrutar del vino en perfecta comunión con el terreno.
Me gusta la insinuación; dar pequeñas pinceladas que inviten a descubrir aquellos lugares, aquellos viñedos que un dÃa tuve ocasión de disfrutar. No me gusta extenderme en detalles de mis viajes, porque cada vivencia es personal, y no hay dos personas que vivan de igual manera un paseo entre viñedos, un atardecer entre olivos o una copa de vino.
Con una sensación de calma interior, y de reciente vitalidad, propongo recorrer los escasos kilómetros desde Costa Salada hasta
Cerca de El Lomo, en la misma localidad de Tegueste, se encuentra el restaurante
Los que habitamos en la capital de España nos empeñamos en cargar, sobre nuestras espaldas, centenares de kilómetros para saciar nuestras más Ãntimas y personales pasiones enológicas; recorrer y conocer bodegas en La Rioja, Penedés o Ribeira Sacra (por poner tres ejemplos) es una delicia, pero muchas veces nos olvidamos de nuestros vecinos; y no me refiero solo a los vinos de Madrid, sino también a otros viñedos cercanos y llenos de encanto.
Pasión que nos abre las puertas de nuestra segunda parada, de nuestro fin de ruta. Capilla del Fraile nació de la motivación, del amor por el campo de Iñigo Valdenebro, un hombre que un buen dÃa decidió convertir un secarral en un prospero olivar y un mimado viñedo. Ese fervor por la tierra te traspasa la piel paseando entre olivos (arbequina y
En 1984  el médico, empresario y gran aficionado a la caza Manuel Gomez Sequeira compra una finca cinegética al NE del Parque Nacional de
Imperdonable; lo sé. Hasta hace unos dÃas no habÃa estado en Jerez de la Frontera, no me habÃa paseado entre la centenarias botas de
La Geria es un lugar único, magnético, hipnótica atracción. Un espacio cautivador, que no deja indiferente. Tierras que rodean el Timanfaya, laderas llenas de restos de antiguas erupciones, de sus entrañas surge la esencia para elaborar el vino de
Y entre ambos espacios, un maravilloso rincón para el disfrute y el cultivo de los sentidos. Una terraza, que da cubierta al antiguo aljibe de la casa de labranza, hoy espléndido restaurante para eventos señalados; terraza vital y colorista, vegetal y refrescante, donde poder conocer y degustar los vinos de Bodegas Stratvs y también la cocina lanzaroteña. Descubrir productos y alimentos procedentes de la finca que la propia bodega tiene en
Nuestro paseo por el Penedés y por el mundo del cava nos hace conocer otras bodegas, otras tierras más allá de la capital del Cava, Sant SadurnÃ. Nos desplazamos hacÃa Vilafranca del Penedés, con la intención de descubrir dos formas de entender la viticultura, dos filosofÃas con una misma finalidad: hacer buenos vinos.